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carmina, hija.—¡Te necesito, Fernando! ¡No me dejes!

fernando, hijo.—¡Pequeña! (Quedan un momento abrazados. Después, él la lleva al primer escalón y la sienta junto a la pared, sentándose a su lado. Se cogen las manos y se miran arrobados.) Carmina, voy a em­pezar en seguida a trabajar por ti. ¡Tengo muchos proyectos! (carmina, la madre, sale de su casa con expresión inquieta y los divisa, entre disgustada y an­gustiada. Ellos no se dan cuenta.) Saldré de aquí. Dejaré a mis padres. No los quiero. Y te salvaré a ti. Vendrás conmigo. Abandonaremos este nido de ren­cores y de brutalidad.

carmina, hija.—¡Fernando!

(fernando, el padre, que sube la escalera, se detiene, estupefacto, al entrar en escena.)

fernando, hijo.—Sí, Carmina. Aquí sólo hay bru­talidad e incomprensión para nosotros. Escúchame. Si tu cariño no me falta, emprenderé muchas cosas. Primero me haré aparejador. ¡No es difícil! En unos años me haré un buen aparejador. Ganaré mucho dinero y me solicitarán todas las empresas construc­toras. Para entonces ya estaremos casados… Ten­dremos nuestro hogar, alegre y limpio…, lejos de aquí. Pero no dejaré de estudiar por eso. ¡No, no, Carmina! Entonces me haré ingeniero. Seré el mejor ingeniero del país y tú serás mi adorada mujercita…

carmina, hija.—¡Fernando! ¡Qué felicidad!… ¡Qué felicidad!

fernando, hijo.-¡Carmina!

(Se contemplan extasiados, próximos a be­sarse. Los padres se miran y vuelven a ob­servarlos. Se miran de nuevo, largamente. Sus miradas, cargadas de una infinita me­lancolía, se cruzan sobre el hueco de la es­calera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos.)

TELÓN

Historia de una escalera - Antonio Buero Vallejo

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Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.

Roberto Bolaño - Llamadas telefónicas, Ed. Anagrama 1997

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Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar - Historias de cronopios y de famas, Ed. Edhasa 1998

Josep Pla, A fondo, 1976, RTVE (Con pelota incluído)

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El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza.

Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas.

Pero  piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular  yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpíño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa, ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.

De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo que roce con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris con tra el cielo.

Sí  reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza.

¿Pero será justo proceder así?  sigue reflexionando . ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria?

Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, al deslizar su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantíene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada.

Creo que así mi posición resulta bastante clara  piensa Palomar , sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado…

Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a una generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio de las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada.

Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con un cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas.

Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de infereneias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro.

El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.

Italo Calvino - Palomar, Ed. Siruela, 2001

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Cuando los lacontes, pueblo siberiano, encuentran un oso, se descubren la cabeza, le saludan, le llaman jefe, viejo o abuelo, y le prometen que no le atacarán y que jamás hablarán mal de él. Pero si da señales de tener intenciones de arrojarse sobre ellos, le disparan, y, si le matan, lo parten en pedazos, lo asan y se regalan con su carne hasta agotarla, sin dejar de repetir: «No somos nosotros los que te comen, sino los rusos».

A. F. Aulagnier, Dictionnaire des Aliments et des Boissons, Ed??????, ????


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Estaban sudorosos. Se desnudaron y, uno tras otro, se dieron un chapuzón en una pila que había en un rincón del cobertizo. Mientras se bañaban se iban pasando el gato de mano en mano. Noboru pudo sentir el corazón caliente latiendo contra su pecho desnudo y húmedo. Era como si se hubieran colado en el cobertizo con un puñado de la oscura y jubilosa esencia del radiante sol estival.

-¿Cómo lo vamos a hacer?

-Podemos pegarle contra aquel tronco. Será fácil: adelante, número tres.

Al fin le llegaba la prueba de dureza y frial­dad de corazón. Aunque acababa de bañarse hacía apenas un minuto, Noboru empezó a sudar profusamente de nuevo. Sintió que el corazón le batía bajo el pecho como la brisa marina de la mañana. Intento de asesinato. Sintió que su pecho era un colgador metálico lleno de camisas blancas que se secaban al sol. Pronto las camisas se agitarían con el viento y él estaría matando, rompiendo la cadena interminable de los odiosos tabúes sociales.

Noboru cogió al gatito por el cuello y se levantó. El animal colgaba mudo de sus dedos. Trató de encontrar en su interior algo de piedad, y sintió que, al igual como se ve una ventana iluminada desde un tren, la compasión aleteaba a lo lejos un instante y desaparecía. Y se vio liberado.

El jefe solía insistir en la necesidad de actos como aquél para llenar los grandes huecos del mundo. El asesinato, y sólo el asesinato, sería capaz de llenar tales cavernas boquiabiertas del mismo modo que una larga grieta llena un espejo. Ellos lograrían entonces un poder real sobre la existencia.

Noboru, resuelto, alzó el gato por encima de la cabeza y lo lanzó contra el madero. El pequeño animal, blando y tibio, describió en el aire un magnífico vuelo. Pero a Noboru le pareció que seguía pendiendo de sus dedos.

-Todavía no está muerto. Hazlo otra vez -ordenó el jefe.

Diseminados en la penumbra del cobertizo, los cinco chicos se quedaron inmóviles, con los ojos brillantes.

Lo que Noboru alzaba ahora entre los dedos no era ya un gato. Un poder fulgurante crecía en él y se abría paso hasta las yemas de sus de­dos: sólo tenía que remontar el arco rutilante grabado a fuego en el aire y estrellar al animalito contra el madero una y otra vez. Se sentía un gigante. El gato, al segundo impacto, lanzó un breve chillido, como un ligero gorgoteo…

Volvió a rebotar en el madero por última vez. Sus patas traseras se crisparon, describieron en el suelo sucio grandes y vagos círculos y al fin quedaron inmóviles. Los chicos se sentían albo­rozados ante la visión de la sangre salpicando el madero.

Como si mirara fijamente un pozo profundo, Noboru vio al animal caer a plomo por el pe­queño agujero de la muerte. En el modo en que inclinó la cara hacia el cadáver, él creyó ver su propia y cortés ternura, una ternura tan clínica que resultaba casi bondadosa. De la nariz y la boca del gato brotaba una sangre roja oscura, y la lengua retorcida se hallaba aprisionada en el paladar.

Yukio Mishima - El marino que perdió la gracia del mar, Ed. Alianza, 2008

David Foster Wallace, Le conversazioni, 2006, Italia

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Transcripción:

Denis Joyner, Radio Móvil de la AMO

¡Uuuuuuuuuuyyyyyyyy! Me habéis pillado cuando no estabais mirando, el viejo DJ en persona, el Duque del Jugo, tan en vivo y en directo como soy capaz en la radio móvil KOOOOL, donde la encuentras es donde está, pero no mires el mando, cariño, porque no estamos allí. Estamos salidos de madre, con sobredosis, sí, dulce Jesús mío, ¿es posible que esto sea real? Sí, sí que lo es, eh, eh, de verdad: el Hombre Azul de la Furgoneta Plateada viene a manchar vuestros sueños y a alimentar a tu monito solitario.

Estamos hablando de Kultura de ALTO nivel. ¡Altísimo! ¡Lo más impresionante que hayáis visto! ¡Lanzamientos excepcionales del espíritu en el Vacío! ¡Saltos de transmisión de bang cerebral! ¡Lanzamiento sexual astral transistorizado! ¡Así es la cosa, habéis acertado! Bienvenidos al Klub Kultural Kamino de Nubes.

Ahora, entre vosotros, yo y las paredes de la cueva, chicos, esta noche tenemos un show prodigioso. Si no os hace volar es que estáis encadenados.

¿Creéis que exagero? Bien, hermanos y hermanas, atención. Escucharemos a Karl Marxxx ejecutando su single número uno, «Renta excedente sin distribuir y lo que implica para muertos que trabajan como tu y yo», con Peter Kropotkin al dobro y León Trotski al violín. Tenemos a Jean-Paul Sartre de esa nueva serie Ensayos en Casete, en este caso su olvidada disquisición sobre la ansiedad postindustrial titulada Erección incipiente y sentimientos de perdición. ¿Hasta ahora os va gustando? ¿Queréis más? Bueno, apuntad esto: fragmentos de una entrevista poco conocida de Walt Disney en la que discurre largamente, entre pipas de opio, sobre la electromitología y el fetiche de Campanilla (y confesad, chicos, ¿a que recordáis haber deseado que Campanilla midiera un metro y medio más?).

¿Y por qué detenernos aquí? ¿Por qué detenernos en general? También tendremos en vivo, en el aquí y ahora mismo, a la totalidad del coro del tabernáculo mormón cantando la versión guarra de «Staggerlee». ¡No me digáis que no somos lo más! Más, ¡mami, ten piedad!, la partituras de Bach para violín descubiertas recientemente ejecutadas por las Locas Sin Un Duro, dirigidas por Dolantina Jones. Y si con esto no estáis ya cantando, disfrutad de nuestros espacios habituales, como el de Carl Jung sobre astrología, la Hora del Consumidor con Atila el huno, las cabronas críticas literarias de Corliss Lime, y en la batería, yo mismo, el Duque del Jugo.

Jim Dodge - Introitus Lapidis, Ed. Alpha Decay 2007

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Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.

En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:

-Preferiría no hacerlo.

Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta:

-Preferiría no hacerlo.

Preferiría no hacerlo, repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela. Y se la alcancé.

-Preferiría no hacerlo, dijo.

Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.

Herman Melville - Bartleby el escribiente, Ed. Nórdica 2008